Visitantes del arte contemporáneo

Visitantes del arte contemporáneo
30/06/2016 Cheiko

 

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“Mi deseo de conocimiento es intermitente; pero el de bañar mi mente en atmósferas ignoradas es perenne y constante”    

Thoreau “Caminar”, 1862

 

Propongo en mi segundo merodeo trasladar el deseo de conocimiento que proponía Thoureau en sus paseos por el campo de Nueva Inglaterra a la ciudad del siglo XXI y sus museos de arte contemporáneo.

Bourdieu nos demostró que la sensibilidad y disposición para apreciar los productos de la cultura no eran fruto de la gracia y la predestinación natural; en el acto de franquear un museo, la emulación social y los estilos de vida, son determinantes y a ellos se ha agregado en el último tercio del siglo XX el turismo.

 

Los gestores culturales de los museos de arte contemporáneo conscientes de ello, se han apresurado a hacer de sus contenedores santuarios donde esperan a los peregrinos de la cultura de masas con la esperanza de sumergirles en las aguas vivificadoras de lo que lo que los media o las redes sociales les han dicho que hay que ver. Las páginas web de muchos museos de referencia son tesoros que el internauta puede explorar sin salir de su habitación, y la visita on line puede ser tan gratificante como la física y desde luego menos cara.

 

Claro que el merodeo virtual es mas inconstante y disperso y aunque tiene ventajas poder observar los más mínimos detalles y ampliar con vídeos toda la curiosidad que despierte una obra, una performance o una instalación, es poco probable que logremos permanecer más de una hora sin saltar a otra página web, otros links u otras webs conexas y puede que más atractivas. Eso sí servirá para poner el link de marras en las redes sociales, anotar algún que otro comentario ingenioso esperando respuesta y generando más textos, más links y más conexiones virtuales en un bucle infinito.

 

Palais Tokyo Paris-Vestibulo-Cheiko

París. Autora: Cheiko.

Por tanto sigue siendo un arcano las motivaciones reales que sacan a algunos de sus casas y los vuelven visitantes de museos o de centros de arte contemporáneo. Los directores y asesores culturales de los museos, conscientes de ello se devanan los sesos para atraerlos pues no se trata sólo de más público, sino de atraer distintos tipos de público.

 

Así pues, la persona que ha decidido visitar un museo de arte contemporáneo, además de vencer su inercia a quedarse frente a la pantalla, de seguro necesitará ser aguerrida para no sentirse humillada intelectualmente por no entender las obras y las prácticas artísticas que verá, salvo que sea una persona avezada en el arte.

 

Cuando entre en el museo se encontrará con objetos, textos o instalaciones que no son intuitivas a la vista y que en muchos casos parece indescifrable lo que el o la artista nos ha querido transmitir. Ante ello, está la fórmula del tradicional guía; ¿ quién no ha seguido a un o una guía por las salas de un famoso museo ?. Y quien no se ha dicho a continuación que hago yo aquí como oveja siguiendo a un mal pastor. Sea por falta de tiempo o por sentido práctico tras tomar la decisión de ir, nos encontramos en el museo icónico y queremos que nos expliquen las obras emblemáticas con una visita guiada y ésta acaba siendo escuchar un texto recitado sin pasión. Un sucedáneo es la audioguía que nos ofrecen a la entrada, a la que nos agarramos siquiera por saber qué contar a los amigos, aunque al poco resulte decepcionante porque el saber enciclopédico que nos relatan suele ser tedioso y lleno de referencias que desconocemos.

 

Pero hay otros modos de serpentear por un museo de arte contemporáneo y entrar en las atmósferas ignoradas a las que se refería Thoreau, y es hacerlo a través de un mediador o mediadora cultural. A simple vista sería difícil decir en que se distingue del guía tradicional pero hay una fundamental, el mediador se posiciona en el punto de vista del visitante y suele narrar lo que se observa pensando en él o en ella. Suelen ser estudiantes o personas formadas en el ámbito artístico y su explicación es didáctica y, aunque no la compartamos, nos complace que alguien nos cuente con lenguaje comprensible el significado de lo que vemos.

 

Graffiti Cultura y educación-Modmar-Cheiko

Valencia. Autora: Cheiko.

 

Una vuelta de tuerca que despierta mis papilas culturales es la de la aficionada o persona voluntaria que se ofrece al museo para explicar sus obras preferidas. La subjetividad del mediador hace de la visita algo distinto. La persona voluntaria abandona el canon acuñado en la historia del arte y transmite su experiencia; como si alguien nos contara como vivió la lectura de un libro o la visión de una película.

 

De este modo, y tras acudir al punto de encuentro pasas de largo probablemente las obras que creías icónicas para detenerte en una esquina viendo un pequeño cuadro o una instalación que suscitó la emoción de tu mediadora. Su subjetividad se transforma en emoción y hasta entusiasmo, y las referencias personales despiertan la imaginación del visitante y le invitan a transitar su mente a otros derroteros. La visita se vuelve única y probablemente regresará o indagará por su cuenta en otros ámbitos.

 

Hay una tercera, que veo con expectación y es cuando el director o directora del museo, nos presenta las obras y se convierte en mediador y anfitrión a la vez. Si el director ha sido escogido según los cánones de las buenas prácticas de gestión de los museos, probablemente es un mandarín de la cultura y la exposición que muestra forma parte de su proyecto. Si tenemos suerte y no hay muchos visitantes más acompañándonos, la visita adquiere un tinte entre privilegiado y de familiaridad solemne, como si algún coleccionista nos invitase a su casa y nos mostrase sus mejores obras mientras conversamos.

 

 

En una vertiente más informal, ésta es la filosofía que anima las jornadas de puertas abiertas en las que los artistas, galeristas y la gente del arte nos abre sus puertas para enseñarnos dónde viven y trabajan. Quizá parezcan encuentros endogámicos entre gente del mundillo del arte, o ferias para poner las obras en circulación, pero en definitiva acercan las prácticas artísticas a aquellas personas que no suele frecuentar estos entornos.

 

En definitiva, aunque se bucee por la red, se pinchen muchos me gusta en nuestro Facebook y tengamos muchos seguidores en Twitter, ¿no es más atrayente ver en directo cómo es el espacio de un artista, husmear el lugar en que vive, echarle una mirada a su cocina o su salón, y charlar sobre la obra o cualquier otra cosa mientras tomamos una cerveza?

Espero animar con mis merodeos a que haya más merodeadores y merodeadoras, curiosos de la calle y de los museos, de las webs, blogs y las escasas librerías, cafés, galerías, teatros y salas de conciertos que quedan en las ciudades; paseantes que ven, miran y leen sobre los popes de la cultura institucionalizada y no institucionalizada. Sin ellos, sin nosotros no hay significado en las obras de arte, o ¿sí?

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